Las personas con TEA tienen dificultades de comprensión y regulación de situaciones sociales, de sus emociones, de su propio comportamiento, entre otras. Esto deriva, en muchas ocasiones, en conductas que podemos llamar desadaptadas, inadecuadas, problemáticas, …

Tradicionalmente se ha tratado de resolver estas dificultades con la eliminación de esas conductas y con el uso del castigo. Pero en la actualidad y desde una óptica de comprensión de la persona, del autismo y de las funciones que tienen esas  conductas, entendemos que estas fundamentalmente dificultan el aprendizaje, afectan a la calidad de vida de esas personas y de quienes le rodean, y dificultan las posibilidades de inclusión en su entorno.

“Lo que hago no es contra ti. Cuando tengo una rabieta o me golpeo, si destruyo algo o me muevo en exceso, cuando me es difícil atender o hacer lo que me pides, no estoy tratando de hacerte daño. ¡Ya que tengo un problema de intenciones, no me atribuyas malas intenciones!” (A. Rivière).

En la actualidad sabemos que la conducta nunca se da aislada, se da en un contexto concreto, hay algo que la provoca y tiene consecuencias sobre el medio, por lo que la prevención cobra mayor importancia, centrando la actuación en la modificación del ambiente físico y social y en la enseñanza de habilidades a la persona.

“Una persona con autismo nunca estará preparada para esforzarse en aprender comunicación e interacción social (habilidades básicas en la prevención de conductas desafiantes) si el entorno que le rodea es un caos que no comprende y no puede anticipar “(T. Peeters, 1998).

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